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Premio Nocte 2014

Mejor Novela Nacional.

OUTLET CULTURA HACHE

Loreak

Es muy fácil hacer reproches absurdos a personas ajenas a nuestros conflictos sentimentales. Echarles en cara errores inexistentes para no asumir el duelo, o establecer una conexión entre sus flores de los jueves y tu soledad catódica.

Porque sí, es más sencillo sentarse frente al televisor y dejar que te hable de vidas ajenas, que hacerlo frente a tu pareja y pedirle que te explique su silencio, que te cuente qué está sucediendo, por qué se está perdiendo la frecuencia que sintoniza vuestra vida en común.

Es un procedimiento simple el que hace desaparecer el cuerpo, un acto pragmático y desapasionado realizado en campo neutral, en el que no hay espacio para lágrimas ni dolor. Y es más fácil pasear el último vestigio de esa existencia que añoras tratando de endosárselo a las personas que mantuvieron por ti vivo el recuerdo—, que ponerlo sobre tu repisa y encajar la pérdida.

Pero también es fácil derribar las barreras, extender la mano en la cama y asir con fuerza a la persona amada, antes de que te pierdas para siempre en tu isla de insatisfacciones, soledades y anhelos. Esa en la que acabaste tras naufragar en el bote en el que te lanzaste a un mar de dudas, persiguiendo un barco fantasma.

Es sencillo olvidar odio y prejuicios, aceptar y regalar cariño, cuando la enfermedad te invade y trata de desahuciarte de tu cuerpo. Y no es complicado echar abajo los muros, abrirle paso al fin al duelo, cuando te topas frente a frente con esa ausencia de recuerdos. Llega entonces el momento en que, al fin, haces un corte en el tallo de las flores para prolongar su vida.

Pero al fin y al cabo, sólo son flores. Acabarán por marchitarse. Acabarán por desaparecer para siempre.

 

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