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Premio Nocte 2014

Mejor Novela Nacional.

OUTLET CULTURA HACHE

Maestros del terror: Hideo Nakata

Artículo publicado en el número 57 de Scifiworld (2012)

Hideo Nakata (Japón, 19 de julio de 1961) es reconocido internacionalmente como el impulsor de lo que se ha dado en llamar j-horror, y del boom que el fantástico oriental experimentó durante la primera mitad de la pasada década, cuyos últimos coletazos todavía perduran en la actualidad.

Curiosamente, se trata de un cineasta que ha declarado en infinidad de ocasiones que el terror no es su género preferido, decantándose por el drama, detalle que queda patente en sus incursiones en el género fantástico, concediendo siempre una gran importancia al desarrollo dramático de las tramas, a menudo trufadas de historias personales que buscan la empatía del público. Sin duda, este es un elemento clave de su éxito, ya que el verdadero horror de su cine radica en la capacidad del director de introducir al espectador en la angustia emocional de sus personajes.

Amante de la música jazz y clásica, Nakata pertenece a la nuberu bau (nueva ola) de cineastas japoneses, caracterizada por su inmensa variedad de registros y matices, conformando un grupo heterogéneo sin verdaderos rasgos distintivos.

Comenzó en el cine como asistente de Maseru Konuma, director erótico que le influiría hasta el punto de que Nakata llegaría a firmar una cinta de este género, (Ura) Tötsatu Nanpa Dõ, en 1996, e incluso un documental en el año 2000, Sadistic and Masochistic, con el que homenajeaba al que fue su maestro y mentor cinematográfico.

La primera incursión en el terror de Hideo Nakata se produciría con la serie de televisión Hotõ ni Atta Kowai Hanashi (The True Horror Stories, 1992), grabada para el canal nipón Asashi y compuesta por tres episodios:The house, Dead lake y Special Motel.

The house cuenta la clásica historia de una muñeca poseída por el espíritu vengativo de una niña fallecida en circunstancias dramáticas. Con una trama algo simple y previsible, y una producción claramente amateur, ya se advertía en este episodio la importancia que concede el director a la atmósfera y a la puesta en escena, consiguiendo algunos momentos terroríficos bastante logrados, si bien a nivel argumental no nos contaba nada nuevo e incluso se podría decir que poseía un cierto regusto pueril.

En Dead lake volvemos a encontrarnos con una trama sencilla; la historia de una mujer que tras la muerte de su marido decide mudarse con su hijo para tratar de superar la pérdida. Nakata muestra de nuevo aquí su dominio de la atmósfera y su capacidad para crear imágenes que se graban a fuego en la retina del espectador, además de optar por vez primera por el predominio del drama familiar, lo que se convertiría en una constante en su filmografía. Como secuencia de terror, destaca la aparición de un fantasma en la tienda de campaña, con el rostro al descubierto, imagen que se aleja del cliché del espectro de larga cabellera lacia ocultando las facciones. El agua aparece por primera vez como elemento catalizador del mal, algo que, si bien se repetiría en varias de sus películas, Nakata lo atribuye a la casualidad, aunque matiza:

“Creo que de alguna forma los japoneses en general tenemos cierto respeto al agua por el hecho de vivir rodeados de ella y por los maremotos o tsunamis que han atemorizado a la población. Tiene gracia porque el agua es como la fuente de la vida, pero al mismo tiempo la puede quitar.”

El último capítulo de la serie, Special Motel, vuelve a ser una incursión en el terror convencional, pero esta vez el director cuenta con un libreto más completo y elaborado. A grandes rasgos, traslada la historia de tres jóvenes que llegan a un motel para pasar sus vacaciones y se encuentran con el clásico edificio encantado. Nakata hace gala de una amplia gama de recursos para generar miedo a través de escenas de gran impacto o mediante la sugestión (el llanto de una niña a la que no llegamos a ver o ruidos que llegan desde fuera del plano, por ejemplo). El estilo a la hora de rodar las secuencias de terror llega a recordar en algunos planos al Sam Raimi de la trilogía Evil Dead. No en vano, se trata de la trama más occidental de las tres que conforman la serie, y son evidentes las influencias de algunos directores como Robert Wise o Peter Medak.

 

En el año 1996 llegaría el debut de Hideo Nakata en el largometraje, Joyü-rei (Ghost actress). Producida por Takenori Sentõ y con libreto de Hiroshi Takahashi, colaborador habitual de Nakata, debido a la escasa distribución y repercusión de la cinta no he podido visionarla, pero Julio Ángel Olivares, en su ensayo The ring: una mirada al abismo nos cuenta lo siguiente:

“Se ha llegado a tildar a Ghost actress de decepcionante, de ridícula la interpretación de sus actores y de amateur la dirección y puesta en escena. Lejos de denostarla o ningunearla de tal modo a la luz de los éxitos ulteriores de Nakata, nosotros la vemos como un correcto experimento primerizo por parte del director, limitado sin duda, necesariamente mejorable como habría de demostrar en sus siguientes incursiones en pantalla, con una factura de telefilme que desvirtúa muchos de los instantes en los que intenta generar secuencias de cierto desvelo. Con todo, muestra talante y señas de identidad en ebullición.”

Sin embargo, y pese al poco éxito de la película, el talento de Nakata no pasaría desapercibido para otra de las figuras clave para comprender el éxito del j-horror: Koji Suzuki.

El autor de best sellers de terror japonés más reconocido a nivel internacional, y tildado de manera desafortunada como el “Stephen King nipón” (escritor con el que poco o nada tiene que ver a nivel estilístico), se encargaría personalmente de contactar con Nakata para proponerle la adaptación de su célebre novela Ringu, la única traducida al español hasta la fecha (Mondadori, 2004).

En la actualidad, echar la vista atrás para repasar la repercusión que Ringu (The Ring: el círculo, 1998) ha tenido a nivel internacional puede producir vértigo. La cinta, si bien no es el colmo de la originalidad en su país, donde son más visibles sus influencias, sí que tuvo un éxito arrollador y supuso toda una revolución para el género en el resto del mundo. El aficionado al terror, cansado de las fórmulas repetitivas del cine americano, abrazó con entusiasmo la estética sucia de esta película, el terror psicológico, la atmósfera asfixiante y hasta su tempo narrativo reposado, que gana agilidad gracias a su estructura de cuenta atrás, manteniendo al espectador clavado en la butaca, hipnotizado, aguardando la resolución.

Plagada de imágenes icónicas que se repetirían hasta la saciedad, es posible que vista hoy en día haya perdido su efecto debido al uso y abuso de sus mecanismos para generar horror, tanto por parte del cine oriental como en occidente, y más concretamente en Hollywood, desde donde se siguen cocinando remakes e imitaciones clónicas para explotar los estertores finales de la última gran revolución que se recuerda en el género. Curiosamente, son contadas las ocasiones, a lo largo de su filmografía, en las que Hideo Nakata recurriría a los clichés que él mismo popularizó, tratando de desmarcarse de la moda que había generado, lo cual le obliga a innovar a cada nueva exploración en el terror.

La película narra la historia de Reiko Asakawa (Nanako Masushima), una periodista y madre divorciada que comienza a investigar la muerte en extrañas circunstancias de su sobrina. Serán los propios compañeros de instituto de la adolescente los que le hablen de un supuesto vídeo maldito que provoca la muerte justo una semana después de haberlo visto. Ahí dará comienzo la odisea de Reiko, que tras visionar la cinta maldita contará con ese tiempo para esclarecer el origen de la misma y romper la maldición. La situación se volverá más apremiante cuando su ex-marido Riûyi (Hiroyki Sanada), en su afán por ayudarle, y su propio hijo, por despiste de Reiko, acaben viendo el vídeo, detalle que incide en el gusto por el drama familiar del director.

Por encima de los muchos aciertos (o defectos, que también los tiene) del filme, destaca un nombre propio: Sadako. El espectro de esa chica especial, hija de una prestigiosa médium, es una de las encarnaciones del mal absoluto más logradas de la historia del cine. Si bien el espectador puede llegar a sentir misericordia de ella en algunos momentos del metraje, solidarizándose con su dramática muerte, encerrada en el interior de un pozo al que fue arrojada por su propio padre (de nuevo el drama familiar), su falta de piedad para con sus víctimas, que nada tienen que ver con lo que ha sufrido, acaba por imponerse. Sadako es el mal en sí mismo, no necesita coartadas ni excusas, es un fantasma cuya influencia se transmite de forma viral, imposible de detener, ya que la famosa cinta de vídeo acaba por rebelarse como un mero vehículo utilizado en primera instancia para invocarla, pero finalmente prescindible para lograr su objetivo.

A estas alturas todos recordamos las escenas clave, esas que forman ya parte del imaginario fantástico colectivo, pero Ringu contiene otros muchos momentos terroríficos. Las propias imágenes de la cinta maldita, que veremos repetidas varias veces a lo largo de la película, desprenden una sensación malsana e inquietante que aumenta según vamos conociendo, de la mano de Reiko, el origen de cada plano.

También cabe destacar la escena del sueño de Reiko, en el que asiste a una demostración de los poderes de la madre de Sadako, una popular médium cuya credibilidad es puesta a prueba públicamente para tratar de desenmascararla. En esta secuencia onírica, Sadako aparece con el pelo ocultando sus rasgos y agarra con fuerza del brazo a la protagonista, clavándole sus dedos de uñas sucias y rotas. Al despertar, Reiko descubrirá que se ha traído del sueño las marcas en el brazo, en un recurso heredado de Pesadilla en Elm Street que pone de manifiesto las influencias del cine americano.

Resumiendo, y habida cuenta de que Ringu ya ha generado ríos de tinta, ha sido objeto de numerosos ensayos que tratan de desvelar los motivos de su tremenda influencia, ha tenido dos remakes (uno americano, bastante entretenido, y otro coreano, aunque ambos no dejan de ser burdas copias), una secuela dirigida por el propio Nakata y otra en camino, poco más podemos añadir sobre la que sin duda es una película que se ha ganado por derecho propio un hueco en la historia del cine. En Japón incluso se llegó a realizar una serie de televisión de escaso éxito, ya sin la colaboración de Hideo Nakata, y Sadako ha pasado a formar parte de la cultura popular hasta el punto de que su nombre se utiliza en los institutos y escuelas japonesas como una forma de definir a las personas que lucen mal aspecto o tienen el pelo muy largo, normalmente en sentido peyorativo.

Pese al éxito inmediato que supuso Ringu (The Ring), Hideo Nakata sorprendió al año siguiente firmando la irregular Kaosu (Chaos, 1999), un thriller puro con el que el director no termina de demostrar del todo su versatilidad, al estar lejos de ser una película recomendable al cien por cien.

Satomi, la esposa de un hombre de negocios (encarnada por una habitual del cine de Nakata, Miki Nakatani) es secuestrada. Como rescate, su secuestrador, Kuroda (Masato Hagiwara), exige a su marido, Komiyama (Ken Mitsuishi), treinta millones de yenes. Cuando el empresario, en colaboración con un inspector de policía (Jun Kunimura), decide pagar la suma que le reclaman, el secuestrador no se presenta, lo que hace temer al policía el peor de los desenlaces. Pero nada resulta ser lo que parecía en principio.

El filme cumple en muchos aspectos, tiene cierta tensión, ritmo (al estilo nipón) y casi todos los ingredientes básicos del buen thriller, pero falla precisamente en la puesta en escena, que fuera uno de los grandes aciertos de Ringu. Su estética de imagen envejecida no tiene el efecto pretendido a ojos del espectador, que la percibe como una película más antigua de lo que es, y su estructura de flashbacks resulta demasiado confusa, al ser imposible diferenciar con claridad cuándo se producen los saltos temporales. Por último, el final se antoja un poco tontorrón y demasiado extendido.

Con todo, es de alabar la valentía de Nakata al encarar un film tan contrapuesto a su cinta anterior, y es una película que, dentro de lo malo, se deja ver. Para completistas.

Habida cuenta de la repercusión de Ringu, desde el cine norteamericano se apresuraron a comprar los derechos de Kaosu, con lo que quedaría rentabilizada en exceso.

Como era de prever, la secuela de Ringu no se habría de hacer esperar demasiado, y ese mismo año se estrenaba su secuela, que a nivel local llegó a doblar las cifras de taquilla de su predecesora. Este éxito no sería refrendado en el mercado extranjero (de hecho, en España permanece inédita), en el que apenas tuvo distribución, debido en gran parte a que el remake yanki de la original ya estaba en marcha y a los distribuidores no les convenía darle difusión a una continuación con un espíritu tan experimental.

Ringu 2 cronológicamente arranca justo después de los sucesos de la primera parte. Tras la muerte de Ryûyi (Hiroyuki Sanada repitiendo papel), su discípula, y presuponemos que amante, Mai Takano (de nuevo Miki Nakatani) intenta averiguar el paradero de Reiko y su hijo Yoichi, que han desaparecido. Sus pesquisas le llevarán, junto con Okazaki (Yûrei Yanagi), antiguo compañero periodista de Reiko, hasta el sanatorio mental en el que está ingresada Masami (Hitomi Satô), la sobrina de Reiko, desde que presenciara la muerte de una de sus amigas (en la magnífica secuencia de arranque de Ringu). Paralelamente, el detective Ômuta (Kenjirô Ishimaru) inicia su propia investigación sobre la desaparición de Reiko, tras la muerte de su padre. Por último, el doctor Kawajiri (Fumiyo Kohinata), quien trata a Masako en el psiquiátrico, cree poder acabar con la maldición de Sadako (Rie Ino'o) empleando la ciencia.

Si por algo destaca esta nueva incursión de Hideo Nakata en el fantástico es por no conformarse sencillamente con repetir la fórmula de la cinta con la que consiguió revolucionar el género. En Ringu 2 deja de lado el terror durante la mayor parte del metraje, a excepción de escenas concretas muy bien repartidas, otorgando todo el peso de la trama a la investigación y la búsqueda de un remedio que termine finalmente con el mal que Sadako ha generado. Así pues, y salvo planos puntuales, como el del pelo de Sadako asomando lentamente por debajo de la sábana en la secuencia inicial en la morgue, donde van a practicar la autopsia a su cadáver, el director se la juega incluyendo una sola escena de horror puro en toda la película. Esta secuencia, eso sí, es de una tremenda efectividad, y aunque no deja de ser similar a la de la famosa salida del espectro del televisor, es más espectacular y se desarrolla durante el clímax, en el interior del pozo en el que Sadako perdió la vida y dio origen a la maldición. Una secuencia que quita la respiración, pero que quizás sea insuficiente a ojos del fan del terror purista, que tal vez esperase algo más de esta secuela.

En definitiva, Ringu 2 es una continuación correcta, pero peca de no tener un protagonista claro (está muy repartido entre Mai Takano, el doctor Kawajiri y el inspector Ômuta), un guión con demasiadas piruetas que termina siendo solo un batiburrillo de ideas sin desarrollar, y un clímax rebuscado que deja al espectador con la sensación de que se preocuparon más de la espectacularidad que de la coherencia interna de la trama.

Con todo, su estilo sobrio (Nakata volvería a contar con el mismo equipo técnico) sigue manteniendo el encanto de la primera parte, aunque pierde el factor sorpresa, que fuera su gran aliado.

 

Tras el estreno de Ringu 2 el director tardaría casi tres años en volver a ofrecernos una nueva cinta de género, a excepción del desconocido proyecto titulado Sotohiro, casi un mediometraje que firma junto al también nipón Tsugunobu Kotani. En ese tiempo se adentraría de nuevo en el drama, en esta ocasión de corte romántico, con Garasu no nou (Sleeping bride, 2000), adaptación de una popular novela gráfica de Osamu Tezuca, con libreto a cargo de Chiaki Konaka.

En cualquier caso, y con la excepción mencionada, su siguiente hito en el terror sería Honogurai mizu no soko kara, conocida internacionalmente como Dark water (2002), adaptación de otro relato de Koji Suzuki que probablemente sea la mejor película de su carrera hasta la fecha.

A grandes rasgos, el argumento recuerda al episodio Dead Lake, de la serie Hotõ ni Atta Kowai Hanashi (The True Horror Stories), priorizando esta vez el drama familiar, con especial hincapié en el tema del abandono infantil, que planea a lo largo de toda la película.

Yoshimi (Hitomi Kuroki), una mujer recién divorciada, se muda junto con su hija Ikuko (espectacularmente interpretada por la pequeña Rio Kanno) a un viejo y aislado bloque de apartamentos. Ante el asedio de su ex-marido Kunio (Fumiyo Kohinata), que quiere arrebatarle la custodia de la niña, la mujer se verá obligada a buscar un empleo a marchas forzadas, descuidando de forma involuntaria sus obligaciones como madre (en un reflejo de su propia infancia que la atormenta, como se nos muestra mediante flashbacksmuy bien insertados). Al mismo tiempo, la humedad imperante en el vetusto edificio, y en cualquiera de los escenarios, va abriéndose paso por el apartamento, y acabará revelando una naturaleza cuyo origen se encuentra en la desaparición de otra niña, dos años antes.

Dark Water es un compendio de todas las virtudes, y los vicios en justa medida, que Hideo Nakata venía demostrando en sus anteriores films. La película empieza como drama familiar, pero poco a poco deviene en pesadilla sin apenas percibir el cambio. Cada plano está ideado con precisión milimétrica, no hay ni uno solo que se pueda considerar de relleno o superfluo a lo largo de sus casi cien minutos de duración, que se pasan en un suspiro si uno consigue entrar en el juego de sugestión que nos propone. Sonidos de pasos en un piso superior que se supone deshabitado, sombras, una mochilita infantil que aparece en cualquier lugar insospechado, el agua que poco a poco va invadiéndolo todo,... Prestando la debida atención a los detalles, la tensión llega a resultar insoportable.

Toda la trama está orquestada alrededor de madre e hija, que conforman un microcosmos en el que nadie más puede coexistir, con lo que tampoco pueden recibir ayuda y han de enfrentarse a la situación en solitario. Para enfatizar este aspecto, Nakata muestra siempre los escenarios con una fotografía en la que impera el gris, opaca, destacando la suciedad inherente a ese agua turbia que todo lo posee y corrompe. En un momento determinado entra en escena un abogado que parece dispuesto a ayudarlas, y entonces la atmósfera cambia por completo, volviéndose más luminosa y límpida. Es un nuevo ardid del realizador, que invita al espectador a bajar la guardia justo antes del clímax, para así tenerlo sometido a voluntad.

También es de vital importancia la banda sonora, o más bien casi su ausencia. Durante el metraje solo se usa en momentos puntuales para resaltar la tensión de sus muy bien dosificadas secuencias de terror. Pero llegado el desenlace, la música entra en tromba, de manera que el público se ve arrastrado por la situación y sucumbe, como los personajes, a la invasión del agua.

En lo referente a las escenas de horror propiamente dichas, señalar que el espectro aparece en ocasiones contadas, y no llegamos a verle el rostro hasta el final. Reticente a la hora de repetir patrones, Nakata deja de lado las largas cabelleras negras y se las ingenia para mostrar siempre al ente en planos de espalda, semiplanos del cuerpo, o con juegos de iluminación con los que difumina sus facciones, aumentando la sensación de amenaza que transmite.

Por último, y como es del gusto del director, se incluye un estupendo epílogo (aunque quizás algo extendido) en el que remarca la idea de que el mal es irrefrenable y no hay solución aparente ni finales felices.

En conclusión, Dark water, pese a haber estado siempre a la sombra de Ringu (comparadas injustamente, ya que poco tienen que ver más allá de que ambas sean historias de fantasmas que adaptan relatos de Koji Suzuki y el lugar de origen de las maldiciones), es la sublimación del estilo de su director, una pequeña obra maestra atmosférica, profundamente melancólica y sin estridencias, en la que Nakata hace de la necesidad virtud y de la falta de recursos una baza más a su favor.

Como no podía ser de otra forma, también tendría su remake americano, a cargo del limitado Walter Salles, que en un vano intento de potenciar el drama familiar de la original acabaría por firmar poco más que un soporífero telefilme de sobremesa del que poca cosa reseñable se puede sacar, aparte de la presencia, siempre estimulante, de Jennifer Connelly.

Antes de volver al género fantástico, Hideo Nakata firmaría, el mismo año del estreno de Dark water, una nueva incursión en el drama, la bella Last scene (2002), otra prueba de la versatilidad de la que viene haciendo gala a lo largo y ancho de su prolífica carrera.

Hasta 2005 no se produciría al fin su ansiado desembarco en Hollywood, un paso lógico dentro de la trayectoria de un creador de su potencial y proyección comercial.

Lamentablemente, tal vez no fuera el debut soñado por los seguidores del director, ya que aceptó hacerse cargo de la secuela del remake de Ringu: The Ring 2 (La señal 2). Esto a priori parecía una estupenda noticia para las legiones de fans de la obra original, que pensarían que de este modo se uniría el buen manejo de la atmósfera de Nakata con la efectividad contrastada del guionista Ehren Kruger. Nada más lejos de la realidad.

Por desgracia, Nakata pareció limitarse a darle continuidad a la propuesta de su antecesor, Gore Verbinsky, y de su reinterpretacion del mito de Sadako (aka Samara), tanto en los hechos como a nivel estético, realizando un filme efectivo pero sin alma, ni mucho menos el sello inconfundible del director japonés, convertido aquí en artesano de oficio. Lo que por otra parte no carece de mérito y seguro que fue muy celebrado por los estudios, sobre todo al ver que su director aceptaba el rol de buen grado.

Para mí Ringu 2 y La señal 2 son dos películas completamente diferentes. Obviamente, está basada en la idea original de Ringu. A diferencia de La señal, que era claramente un remake, esta segunda no lo es. Sé que suena un poco complicado, pero básicamente es la razón por la que dije sí a esta película”, declararía.

No obstante, La señal 2 mantiene algunas de las constantes del cine de Nakata, que se plasman en el regusto dramático de la relación entre Rachel (una correcta Naomi Watts) y su hijo Aidan (el grimoso e inexpresivo David Dorfman), redundando en el tema del abandono infantil, como ya hiciera en Dark water (de hecho, de forma demasiado parecida, ya que hay una escena en la que el jefe de Rachel le comenta a esta que quizás el trabajo que le ofrecen sea poca cosa para una profesional de su experiencia, en un diálogo casi calcado a otro que aparecía en la cinta japonesa).

Por lo demás, se trata del típico film de terror USA, con un argumento simplón y una estructura basada en la consecución de escenas terroríficas a cada cual más impactante, pero también más inverosímil, con unos CGI muy poco logrados y mucho golpe de efecto manido. Un estilo alejado de la contención y sutileza a la que Nakata nos tenía acostumbrados hasta entonces.

En cuanto al plano comercial, la película reeditaría el éxito de su predecesora, y en la actualidad se está preparando una nueva secuela a cargo otra vez del propio Nakata.

Justo después de su debut hollywoodiense, y con el telefilm de misterio Second file como único alto en el camino, Hideo Nakata regresaría a su país para rodar una película de terror de ambientación histórica: la estimulante Kaidan (2007), que esta vez sí tendría distribución en España, aunque nos llegó con cierto retraso y directa al mercado de DVD, pasando bastante desapercibida pese a tratarse de un film destacable.

A esas alturas, casi diez años después de Ringu, a nadie pillaba por sorpresa un nuevo cambio de rumbo, habida cuenta de la intrepidez del realizador, y este vino a producirse dentro del género que nos ocupa.

Kaidan es una obra de terror de indudable exotismo, con un estilo visual casi pictórico que la aleja de las estéticas sórdidas y malsanas de las anteriores películas de Hideo Nakata. Con una fotografía luminosa y un gusto por los encuadres que busca y encuentra la postal perfecta, el director se revela aquí como todo un esteta.

A nivel argumental, la trama es bastante sólida, y el guión de Satoko Okudera se cimienta en una suerte de revisión del mito de Romeo y Julieta (historia de amor que ya apunta a tragedia por los antecedentes de enfretamiento entre las familias de los respectivos amantes, 250 años antes) y, pese al tono contemplativo y extremadamente reposado de la cinta, contiene secuencias de horror muy inquietantes. Sin embargo, es el melodrama amoroso lo que sostiene el argumento.

Como es habitual en el cine de terror oriental en general, es necesaria la complicidad del espectador occidental, que debe tener claro que este estilo es la antítesis del concepto de miedo que se ha inculcado, y tenemos demasiado arraigado, desde Hollywood. Aquí debemos dejarnos llevar por la belleza plástica, los hermosos decorados y esa atmósfera fantasmagórica que impregna cada fotograma. Y quizás obviar que el protagonista carece por completo de encanto, en un fallo de casting clamoroso, ya que Kikunosuke Onoe no consigue transmitirnos nada, ni mucho menos estar al nivel de sus compañeras femeninas de reparto, sobre todo de la bella Hitomi Kuroki.

Kaidan, pese a no poder considerarse una obra maestra, supone por tanto un alentador golpe de timón de su director tras los excesos de La señal 2, recuperando la esencia del cine fantástico clásico japonés, y nos trae a la memoria, aunque pueda sonar a palabras mayores, maravillas como Cuentos de la luna pálida de agosto (1953) o El más allá (Kwaidan, 1964).

 

Que a Hideo Nakata no le sienta del todo bien el traje de realizador por encargo es algo que ya había demostrado con La señal 2, y en 2008 vendría a refrendarlo al firmar L change the world, que viene siendo, agárrense, el spin off sobre un personaje de la saga Death Note, basada en el anime de Tesurõ Araki, adaptación a su vez del manga escrito por Tsugumi Ôba y dibujado por Takeshi Obata. La serie ya había conocido hasta la fecha dos adaptaciones previas, recibidas por los fans de forma bastante tibia, como suele suceder con los fenómenos que causan furor entre el público adolescente, que tiende a analizar desde un punto de vista purista y excesivamente crítico.

A la vista de los resultados, que los fanáticos de Death Note clamaran contra esta deslavazada propuesta es completamente comprensible.

En primer lugar, el libreto que firman Kiyomi Fujii y Hirotoshi Kobayashi se centra en la guerra bactereológica y el terrorismo, con lo que poco tiene ya que ver con la saga original, decepcionando por igual a sus seguidores y a los incondicionales de Nakata, que no conseguirán distinguir en esta obra con estética de telefilm la mano del realizador. En esta ocasión, se limita de nuevo a cumplir con diligencia el encargo, entregando una película vacua y aburrida que bien podría haber firmado cualquier otro.

Tampoco ayuda la exagerada interpretación de Ken'ichi Matsuyama, quien encarna a L (el protagonista), ni mucho menos de los villanos de la función, que no son más que meras caricaturas en este supuesto thriller apocalíptico que, para rematarlo, no se puede entender por completo si uno no conoce la serie anime al completo.

Hasta la fecha, podríamos decir que estamos ante la gran mancha en el historial del cineasta, que encima, como apuntaba antes, se la juega por completo al tratarse de una serie de tanta repercusión entre el público joven de todo el mundo, que le ha dado la espalda casi con unanimidad.

Por suerte, todavía se guardaba un par de ases en la manga ya fuera del género fantástico, como son los thrillers Chatroom (rodado en el Reino Unido) y The Incite Mill (ambas estrenadas en 2010 y sin distribución en nuestro país), películas que sin alcanzar las altas cotas de calidad de sus exploraciones dentro del terror, sí se pueden disfrutar como ejercicios de entretenimiento no carentes de ciertas dosis de originalidad. Lo que no obsta para considerarlas como obras menores de un autor que ya ha dado muestras de verdadera genialidad, y en el que los aficionados al género fantástico todavía confiamos, sobre todo de cara a los próximos dos o tres años, tras el anuncio de los proyectos inminentes que tiene en marcha.

A la tercera parte de la saga La señal (versión americana de Ringu, recordemos), en la que todavía puede poner un buen broche de oro si le dan libertad creativa, se unirá en breve la adaptación del cómic español El bosque de los suicidas, la premiada obra de El Torres, con ilustraciones de Gabriel Hernández.

Partiendo de la base de que este cómic ya es casi un homenaje al cine de Hideo Nakata, con estética y algunas alusiones directas a su imaginario, las expectativas para con esta película son muy altas, y las noticias que nos llegan alentadoras. Desde luego, contiene todos los mimbres, además de las innovaciones necesarias, para convertir esta adaptación en una nueva muestra del genio de este ecléctico e inconformista realizador, poseedor de una voz propia dentro del terror, y del que todavía podemos esperar mucho más de lo que nos ha ofrecido.

A pesar de haber creado todo un hito del género, le queda un largo recorrido por delante, sobre todo si deja de lado los encargos mainstrean y da rienda suelta a su vena de autor, traje que le sienta mucho mejor.

 

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