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Premio Nocte 2014

Mejor Novela Nacional.

OUTLET CULTURA HACHE

Desaparezcamos #6

Descontrol

 

No sabría precisar el momento en que comenzamos a perder el control. Como todos queremos creer en estos casos, siempre estuve convencido de que era yo el que llevaba las riendas, pero no fue así. No es que tenga ninguna adicción, o por lo menos no lo es física. En todo caso mental, ya que el simple hecho de no saber divertirme sin meterme nada se puede considerar una dependencia.

 

Después está ella, claro. No sólo son las drogas, porque no sabría disfrutarlas sin asociarlas a la imagen de la mujer con la que di un paso más con mis vicios, que, en honor a la verdad, ya eran excesivos antes de conocerla.

 

Nos conocimos como lo hace cualquier persona de nuestros hábitos: una noche de borrachera. No hubo flechazo, ni una atracción instantánea que desembocase en sexo instintivo que nos dejase desfallecidos a la par que satisfechos. Fue una noche asquerosa, con un pedo horrible, de vómitos, llantos y confesiones etílicas realizadas a la primera persona que me quiso escuchar. Después nos fuimos a su casa y echamos un polvo insípido, aderezado con nuestras respectivas halitosis alcohólicas, ventosidades vaginales y la consabida falta de lívido, normal en estos casos. No creo que durase más de cinco minutos, y ambos caímos fulminados.

 

Tras un par de horas de sueño pesado (siempre me ocurre cuando bebo) me desperté a su lado, muy aturdido y mareado, pero recordando a la perfección cómo había llegado hasta allí. Nunca me he creído la obtusa hipocresía de los que dicen no recordar nada después de una noche de borrachera. Si un tipo sale, bebe, conoce a un mujerón y echan un polvo, al día siguiente recordará todo con pelos y señales. Pero si ha montado un numerito, se ha humillado en público y ha vomitado a los pies de todos sus amigos, llegará al otro día jurando que no se acuerda de nada. Los niños y los borrachos nunca mienten, pero los resacosos son embusteros por defecto.

 

Yo sabía por qué estaba en aquella cama, recordaba a la chica que roncaba a mi lado e incluso me venía a la cabeza su nombre: Noa. Aunque eso sí, no era capaz de ubicar el momento en que me lo dijo.

 

Lo primero que pensé fue que debía irme, desaparecer y no volver a ver a aquella chica, lo que a buen seguro agradecería.

 

No lo hice.

 

Cuando una persona ha llegado hasta el punto de soledad en que me encontraba, deja de lado toda clase de criterio y cualquier acercamiento con el sexo opuesto se convierte en el inicio de lo que puedes llegar a mentalizarte de que será «el amor de tu vida».

 

Me quedé un rato mirándola, con su pelo alborotado, desnuda, roncando como un mamut que duerme en una mala postura y con un pequeño reguero de baba manando de su boca entreabierta. En definitiva, no era la imagen de la mujer idealizada con la que había soñado durante toda mi adolescencia que pasaría la vida. Era una mujer, lo que me pareció suficiente en aquel momento.

 

Puedes aprender a amar a casi cualquier persona que te lo propongas, aunque tampoco es que fuese ese el caso. En ningún momento hablamos de amor ni de ninguna clase de compromiso. Una vez pasado el trago de esa primera noche, descubrí a una chica divertida, algo guapa, interesante y, sobre todo, con la que sabía divertirme sin ninguna restricción. Las fronteras se traspasaban con impunidad a su lado, y el alcohol pronto fue acompañado de ácidos, de anfetaminas, de coca y ocasionalmente caballo. Sin pasarse, que no soy ningún yonqui.

 

Todo me parecía bien si podía despertarme a su lado y sufrir resacas de órdago con su aprobación y compañía.

 

Una de aquellas noches de excesos conocimos a Amparo. Era una mujer peculiar, de esas personas que parecen venir de vuelta de todo. Nos dijo que lo máximo a lo que podíamos aspirar en la vida es a aliviar nuestro dolor. «La existencia es la búsqueda de alivio de nuestro vicio, y nuestro vicio es el único alivio que encontramos», divagó ella. La cita era de una película que recuerdo haber visto hace años.

 

¿Crees que nuestras alegrías de cartón cumplirán su cometido? —le pregunté, mientras le pasaba un ácido.

 

Puedes estar seguro, niño —su tono de autosuficiencia me embriagaba.

 

No me gusta esta mujer —susurró Noa a mi oído—, ¿podemos irnos por nuestro lado?

 

No seas tonta, vamos divertirnos mucho.

 

¡El viento rugió mi nombre y me dijo que entrase! —gritó Amparo, sin ningún motivo.

 

No lo hagas —respondí—, o romperás las barreras del espacio y el tiempo y te fundirás contigo misma.

 

Lo sé.

 

Bien avanzada la madrugada, nos llevó hasta una carretera cercana, donde continuamos nuestra particular fiesta. En algún momento de la noche, entre conversaciones de besugos, más ácidos, anfetas, alcohol y delirios varios, perdí de vista a Noa. No me di cuenta de ello hasta la mañana siguiente, cuando amanecí sólo en la cama.

 

Intenté localizarla en cuanto me levanté, pero tampoco estaba en su piso, con lo que empecé a preocuparme. Mi compañera de fatigas había desaparecido sin más. Nunca nos consideramos una pareja al uso. Sí, había cariño, había sexo, complicidad y también una forma parecida de captar el sentido de la palabra diversión, pero nunca había sentido que nos debiésemos fidelidad o dedicación mutua. Claro que tampoco habíamos incluido a ninguna otra persona en nuestras aventuras. Si me hubiese acostado con Amparo seguro que le habría dolido menos.

 

No la volví a ver, así de sencillo. Tal y como una noche apareció, se disolvió en el aire enrarecido de aquel cementerio de gatos en que jugué a perder el control con otra mujer.

 

Por descontado, tampoco volví a coincidir con Amparo. Tras varios meses intentando volver sobre nuestros pasos, lo que no fue tarea sencilla teniendo en cuenta el estado en que los dimos, decidí desaparecer. Yo también podía evaporarme sin dejar más que una bruma espesa, que a buen seguro te colocaría si la respirases.

 

Fui a dejarme caer en una ciudad costera, intentando que el mar limpiase mi alma y la abstinencia mi cuerpo. Durante un tiempo me limité al alcohol, pero es increíble lo deprimente que es beber solo. La fase de amor hacia el prójimo es muy jodida si no tienes a quien abrazar y jurarle que es un amigo/amor verdadero.

 

Poco tiempo después conocí a otra mujer. Pensé que lo mejor sería que dejase también de beber y le ofreciese algo que nunca he sido: un hombre cabal, con ambiciones, con proyectos de futuro y todas esas mierdas. Un buen partido, vamos. Aunque uno no puede engañarse a sí mismo ni a nadie durante demasiado tiempo.

 

Una noche le dije algo que me devolvió de una hostia a mi sórdida realidad:

 

Esto te va a gustar, ya verás —afirmé, mientras sacaba mis chucherías del bolsillo y a mi cabeza acudía de nuevo el rostro ebrio de Noa.

 

La misma mujer con otra cara.

 

 

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