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Premio Nocte 2014

Mejor Novela Nacional.

OUTLET CULTURA HACHE

Desaparezcamos #2

No habrá nada más

 

Cuando me informaron sobre el diagnóstico no pude reprimir las lágrimas. Unas semanas, quizás un mes más de vida, a lo sumo. Es impensable, inconcebible, no puede ser y además es imposible. He pedido que repitieran las pruebas varias veces, pero siempre ha salido lo mismo. También lo he intentado con médicos privados, esperando que alguno me dijese que se había tratado de un error, como el que abre huevos de chocolate hasta que da con la sorpresa que más le gusta. Es evidente que no ha valido de nada, sólo conseguí perder varios de los pocos días que me quedan.

 

He empezado a recibir visitas de toda clase de gente. La familia y los amigos vienen para intentar consolarme con frases hechas que de nada sirven. Me miran apenados y me preguntan qué pueden hacer por mí. Yo les respondo que me podrían regalar su vida, ya que tanto desean satisfacerme, y no me avergüenzo al afirmar que no me importaría que desapareciese cualquiera de ellos con tal de salvar mi pellejo. A medida que avanzan los días lo anhelo con más fuerza, aunque sepa que es una negociación infructuosa.

 

Las pocas personas que no desistieron de permanecer a mi lado han dejado de escucharme, ya que no les gusta lo que van a oír. Declinan mis ofertas para hablar con una asquerosa mirada compasiva que me saca de mis casillas. Un tipo a quien no conozco, amigo de mi hermano, me habló del Cielo, de expiar mis pecados para ganarme un pasaje en turista a la vida eterna. Le mandé a tomar por culo sin ninguna educación, argumentando que he meado sobre su Dios y me ha condenado a desaparecer en pocos días. Siempre viví convencido de que cuando esto acabe no habrá nada más. Y no fue bastante, no he sabido aprovechar el poco tiempo que se me concedió. Durante años he pensado que la vida era injusta, que todo me salía mal, que el mundo era un lugar demasiado cruel al que nos lanzan sin habernos preguntado si nos viene bien. ¡Claro que quiero vivir! ¿Ahora me doy cuenta? Siempre tarde.

 

«No apreciamos lo que tenemos hasta que lo perdemos», he escuchado mil veces, asociando esa frase al chucho que se me perdió cuando era pequeño, al que nunca sacaba a pasear porque me daba pereza, o a la novia que me dejó cuando tenía diecisiete años, cansada de que me apeteciese más salir por ahí con mis amigos que estar con ella. Pero ahora la frase se maximiza hasta alcanzar una dimensión grotesca. ¿Qué tenemos? Nada, absolutamente nada, nos pertenece. Nuestra vida es un ilusión de propiedad que se nos adjudica al nacer. Y digo ilusión porque la ponemos a merced de mil peligros de forma constante e inconsciente, cosa que no haríamos con nuestro flamante coche nuevo o nuestro móvil de última generación, que guardamos con sumo cuidado en el bolsillo para no rayarle la pantalla. Jugamos con nuestra existencia como si fuésemos inmunes a todo. Cruzamos la calle sin esperar a que el semáforo se ponga verde, fumamos, engullimos grasas saturadas, bebemos, nos drogamos, follamos sin condón... Y el hijo de la gran puta de mi amigo Tomás hace todo eso y está como un roble, el muy cabrón. No me sirve, tengo que lamentarme de otra manera, porque de no haber hecho todas esas cosas estaría en la misma situación, pero maldiciéndome por no haber sabido aprovechar el tiempo y acordándome de las madres que parieron a todos los que me dijeron que si llevaba una vida sana duraría muchos años.

 

Hoy me encontré con Luis, un antiguo compañero de instituto. Es un tipo bastante peculiar, al que rehuí en aquella época porque tenía fama de «rarito». No le he comentado nada de lo que me pasa, pero sin pretenderlo ha salido el tema de la muerte en la conversación. Él me ha dicho que no le preocupa demasiado, que ha vivido bien y disfrutado cada instante de su existencia. Miraba hacia el frente mientras divagaba, con una mirada cargada de ánimo (de vida) y una media sonrisa que me hizo odiarle hasta el infinito. Nos hemos ido juntos a tomar unas cañas, recordando tiempos que se me antojan tan lejanos como lejana se me hacía la idea de mi propia muerte hasta hace sólo un par de semanas. Todo es subjetivo.

 

Cuando vuelvo a casa, medio borracho, me siento un poco más optimista. Abro la puerta, me quedo mirando a mi familia y les espeto:

 

¡Largaos de una vez, enfermos! ¿Qué queréis de mí? No vais a sacarme nada, así que esfumaos.

 

Todavía siguen aquí, y yo me cago en sus muertos, entre los que me contaré en breve.

 

 

* Desaparezcamos es una pequeña colección de textos breves inspirados en el álbum Desaparezca aquí, de Nacho Vegas.

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