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Premio Nocte 2014

Mejor Novela Nacional.

OUTLET CULTURA HACHE

Con el cuchillo entre los dientes

La zervilleta del mal
La zervilleta del mal

 

Ser un escritor que huye de las pautas establecidas y exige a sus lectores un nivel alto de empatía para con las obsesiones propias es una decisión arriesgada, lo asumo. Diría que casi es un suicidio artístico, pero de momento me está saliendo bien la jugada, y mis cuatro primeros libros tuvieron una más que aceptable acogida, tanto de público como de crítica.

 

Creo que por esto me pidieron hace un tiempo que comentara un poco mi experiencia en un conocido blog, como autor prácticamente recién llegado (tanto mi antología de relatos, Piezas desequilibradas, como mi primera novela, Instinto de superviviente, salieron en 2011, aunque empecé a publicar relatos en libros colectivos un par de años antes). Se me hacía difícil porque la intención era animar a otros autores a caminar por la misma senda, a reunir ilusión y entusiasmo para seguir adelante, y quizás esto choque con mi estado anímico actual, que es de completo desencanto.

 

Pero empecemos por un pensamiento positivo: si yo lo he conseguido cualquiera de vosotros puede hacerlo. Si hay talento se gana tiempo, y si no lo hay requiere un esfuerzo extra, pero el objetivo está al alcance de igual modo.

 

A partir de aquí, poco más puedo añadir para alentar a nadie. No porque mi experiencia haya sido negativa, sino porque soy un tipo de escritor que no se conforma con publicar su libro y acunarlo entre los brazos como a un recién nacido. Y no estoy hablando de ventas, sino de que me gusta disfrutar del proceso creativo, del entorno y del mundillo literario y fantástico. El problema surge cuando descubres que este mundillo es un depredador insaciable que se alimenta de las almas de aquellos que se sumergen en sus aguas con toda la ilusión del mundo.

 

Aquí no se estila el echarse un cable, nadie te dará una palmadita en la espalda cuando llegues, a modo de bienvenida. Si acaso para empujarte de vuelta a donde fuera que estabas apoltronado hasta entonces.

 

Si destacas por talento, te desmembrarán de inmediato, exponiendo tus carencias en cuanto a formalismos narrativos (estupidez supina), para que recules un poco y dejes el espacio que unos cuantos creen que les pertenece por decreto ley (de la selva, del más fuerte). Si destacas por tu entrega, ahí estás un poco menos jodido, porque tienes que dar un buen pelotazo inesperado para que te vean como una amenaza, y si eso pasa te dará igual, porque ya te habrás situado por encima del resto de autores de género (esos midlist de los que hablé en un artículo de mi anterior blog que pronto recuperaré actualizado). Pero de entrada, por mucho trabajo que aportes o por muy prolífico que seas, las miradas te llegarán por encima del hombro y las ventas serán escasas en el mejor de los casos. Todos son superiores a ti, no lo olvides nunca. Incluso cuando tengas buenas críticas (Qué sabrán los reseñadores, si son todos colegas o familiares del autor), o cuando revientes el mercado vendiendo a cascoporro (Es que el lector medio sólo consume morralla prefabricada, lo nuestro es mejor, pero no nos comprenden).

 

Tienes tres opciones: seguir a tu rollo como si no te enteraras de cómo está el patio, entrar en su juego y pertenecer a una cadena de favores a la que añades eslabones en función del jabón que le des al resto, o largarte por donde has llegado. Yo opté por la primera opción.

 

Sí, compañero, esto es lo que hay, siento tu decepción desde aquí y le sumo un par de grados, que todavía te queda mucho por ver y el ser humano es más cínico de lo que habías imaginado.

 

Pero espera, que la cosa consistía en proyectar optimismo para que otros quieran transitar por estos senderos oscuros. De eso también hay.

 

Un grupo de autores, que prácticamente acababa de conocerse en un evento literario, se reunió en torno a la mesa de un restaurante en el que les habían servido una cena horrible, mientras apuraban las botellas de agua mineral (lo menos indigesto de la velada). Una risa se contagió como una marea imparable, a raíz de un proyecto surrealista que en cualquier otro momento avergonzaría pronunciar en voz alta. Tan surrealista que esos autores, un puñado de idealistas a los que todavía no había podido devorar el monstruo del fandom, se convencieron de que debían materializarlo y lo rubricaron en una servilleta.

 

Amparados por el manto de la noche, narcotizados por los efluvios de ese agua mineral de origen incierto, se lanzaron a la procura de un intrépido editor que les secundase en su bizarra propuesta. Hasta que lo encontraron, hasta que lo emborracharon con palabras entusiastas y un bucle demasiado pueril para resultar borgiano, pero que surtió efecto.

 

Esto es real, ha sucedido.

 

Ni siquiera al salir el sol remitieron los efectos de aquella noche febril que me hizo recuperar las sensaciones que tenía cuando me sentaba por primera vez ante mi ordenador y abría un nuevo documento de texto en blanco que anhelaba mis obsesiones, esas mismas que le pido al lector que comprenda. Y algunos, inexplicablemente, entran en mi juego.

 

La puerta siempre ha estado abierta, pasad sin llamar y con el cuchillo entre los dientes. No digáis que no os he avisado.

 

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