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Premio Nocte 2014

Mejor Novela Nacional.

OUTLET CULTURA HACHE

Menos es más

Reflexión peregrina

 

Una reflexión a raíz del posteo que publiqué hace algún tiempo, en el que cuestionaba a aquellos que afirman que un escritor y la editorial que le publica deberían difundir las críticas negativas. No es que tenga mucho que ver, pero surgió durante la conversación posterior.

 

¿Han cambiado los cánones de calidad en la literatura? Para mí es incuestionable que sí. No sé si el cambio se ha completado, pero desde luego que hoy por hoy el lector demanda un tipo de literatura muy diferente a la que se consumía hace apenas veinte años. No voy a entrar en si esto es positivo o negativo, aunque creo que se puede adivinar mi postura.

 

Ahora parece que se considera un buen libro a cualquier obra con la que se rellene el tiempo libre, entretenida. Ni siquiera es imprescindible que se atengan a las normas básicas de ortografía, mucho menos se les exige un buen dominio de las técnicas narrativas.

 

Voy con un ejemplo personal, que puede servir de confesión. Escribí mi primera novela, Instinto de superviviente, en tres semanas. Después me demoré una semana más ampliando la subtrama e hilvanando para que todo tuviera lógica dentro de la trilogía que tenía en mente. Así pues, en total tardé un mes en escribir esa novela.

 

Que nadie se escandalice, por entonces acababa de cerrar DH Ediciones y estaba en el paro, con mucho tiempo libre y ansiedad por publicar mi primera novela. Y de hecho, no iba a ser esta, sino Lantana, pero intercambiando impresiones con Juande Garduño llegué a la conclusión de que una obra de zombis costumbrista quizás sería una carta de presentación un tanto chocante. Así pues, alentado por Juande, gran consejero, empecé a trabajar en lo que iba a ser un prólogo con acción y más dinamismo, y que acabó convirtiéndose en Instinto de superviviente.

 

Mi primera novela es, hasta la fecha, la que más vendió de los cuatro libros que publiqué en solitario. También fue finalista de dos premios a nivel nacional, los SCIFIWORLD y los Premios Pandemia (Infectados). Hasta tres productoras tantearon los derechos de adaptación al cine, aunque finalmente ninguna se decidió a adquirirlos (todavía lo está valorando una de ellas), y también se habló de un cómic. No es que fuera un éxito arrollador, las ventas fueron discretas dentro de los parámetros en los que se mueve el sello que la publicó, y al final no se llevó ninguno de los premios ni se adaptó a ningún otro medio. Pero era la primera, así que me dio impulso para seguir adelante.

 

Lantana la escribí en un par de meses, y luego me tomé un par más para revisarla y asegurarme de que todo estaba conectado tal y como quería. Esto es el cuádruple del tiempo invertido en la anterior. En comparación con la primera novela, que es un survival horror clásico, entretenido y sin más pretensiones que divertirme escribiéndola, es una obra mucho más elaborada. Aunque a priori no lo parezca, y dejando de lado que tiene fallos o debilidades como la que más, no hay apenas una oración superflua, todo tiene su razón de ser para tratar de expresar lo que quería tal y como lo quería. Siendo más claro, la primera oración de la novela tiene que ver con la última, y por medio todo está engarzado.

 

Lantana lleva más de un año a la venta, no ha alcanzado las cifras de Instinto de superviviente, no ha tenido ni la cuarta parte de su repercusión mediática y he recibido muchos mensajes de lectores que me dicen que no está mal, pero que Instinto... es mucho mejor.

 

¿Adónde quiero llegar? Pues es evidente. Mi primera novela era un ejercicio de entretenimiento en el que apenas me demoré en componer un puñado de analogías simples, y lo demás fue narrar una aventurilla de superviviencia en un mundo tomado por los zombis, con un giro final más propio de los thrillers y que si no pilla al lector desprevenido apenas deja poso alguno. Me encantó escribirla, con el tiempo la valoro más que cuando la gesté, pero no conllevó mucho trabajo y tampoco me avergüenza admitirlo.

 

Lantana es una obra trabajada en la que he puesto mucho de mí mismo, en la que volqué demasiadas expectativas e ilusiones, y ha pasado sin pena ni gloria. Claro que el hecho de que me diera más trabajo no significa que el resultado fuera mejor.

 

Cuando me vi con mi tercera novela a la venta, la incertidumbre fue total. Me sentía como cuando publiqué la primera. Esto es algo bueno, había recuperado la pasión. Una vez que vi que de esto no podía vivir y decidí que escribiría cómo y cuando me diera la gana, empecé a disfrutar como no lo hacía desde mis inicios, cuando era todo ilusión. Creo que es algo que se transmite en la novela, esa libertad absoluta y ese espíritu lúdico. Y en ella hice confluir los procesos de las dos anteriores: por un lado me divertí un huevo escribiéndola y por otro me trabajé mucho el aspecto narrativo, poniéndome a prueba como no lo había hecho antes. Es una novela de marcado espíritu pulp, pero también un ejercicio de estilo. De mi estilo.

 

Me demoré seis meses y pico en escribirla, y es la más corta de las tres. No me toca determinar a mí si es buena o mala, porque queda claro que mi criterio es lo de menos. Desde luego, atendiendo a la experiencia previa, venderá menos que las otras dos y seguirá pasando desapercibida. Pero yo voy haciendo mi camino siendo fiel a mis principios. Al menos mientras siga habiendo editores dispuestos a apostar por mí y una sola persona interesada en leerme.

 

 

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