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Premio Nocte 2014

Mejor Novela Nacional.

OUTLET CULTURA HACHE

Tráfico de influencias #2

La pena y la nada

Ejemplar de Invasores de Mundos
Ejemplar de Invasores de Mundos

 

A estas alturas creo que ya no pillo a casi nadie por sorpresa si confieso que la música es, con toda probabilidad, la influencia más palpable en mi obra. La utilizo tanto como telón de fondo mientras escribo, para lo que realizo una selección cuidada en función de la atmósfera que pretenda transmitir en cada pasaje concreto, como para inspirarme.

 

La mayor parte de las veces, lo que cuento tiene poco o nada que ver con la canción en que me inspiré. Sencillamente, escucho algo que me llama la atención, un estribillo, una frase o un simple acorde, y de ahí se desprende la semilla de una idea que germina en mi mente.

 

De entre todas mis influencias musicales a la hora de escribir, destacan con un peso específico dos compositores: Mark Lanegan y Nacho Vegas.

 

Es curioso, el primero me llena mucho más que el segundo, al menos en lo que al apartado musical se refiere. Se podría decir que soy fan del norteamericano, del que me gusta todo, desde su voz y sus composiciones hasta la imagen que proyecta. En cambio, con Vegas tengo sentimientos encontrados, tiene un par de discos soberbios, auténticas obras maestras, y después un puñado que me dejan bastante indiferente, de entre los que siempre rescato alguna joya. Es un letrista impecable, pero su voz me resulta a veces un lastre y las melodías algo cansinas o aburridas. Tengo que tener el día para escucharle, un estado mental muy concreto, porque además su discurso no es nada amable. Aunque yo tampoco lo soy.

 

Pongo un ejemplo. El último relato que he publicado, “La pena y la nada bajo un cielo color caramelo” (Invasores de mundos – Corazón Literario, 2014), está inspirado de una forma muy obvia en la canción “La pena o la nada”, del irregular disco El Tiempo de las Cerezas (Bunbury & Vegas, 2006).

 

Si escucháis la canción y leéis con atención mi relato, no es difícil identificar el detonante que me llevó a componer este texto de ciencia ficción introspectiva, con un terror psicológico que roza lo lovecraftiano muy de pasada, y que se sustenta en una atmósfera entre opresiva y bucólica.

 

Pero os lo pondré más fácil, el punto de partida de mi relato es esta estrofa concreta de la canción de Vegas:

 

 

Me clavaste ambos ojos,
y aún recuerdo en tu voz:
la vida es parte buscar placer
y parte hallar dolor.

 

 

Bajo esa premisa, la de que la vida es parte buscar placer (siempre he pensado que más que parte es nuestro leitmotiv único como especie) y parte hallar dolor (una verdad de perogrullo, pero verdad al fin y al cabo), situé a mi protagonista en un planeta inhóspito, bajo un asfixiante cielo color caramelo, sin posibilidad de regresar a la Tierra y en compañía de otras tres personas que parecen estar a mil millas de distancia de él, a pesar de compartir la misma estructura de viviendas.

 

Lo he comentado tantas veces que corro el riesgo de ser mi peor enemigo, de generar expectativas que quizás después no pueda satisfacer, pero estoy convencido de que este es uno de mis mejores relatos. Si es que no es el mejor. Y para no variar, nació de la mano de una canción.

 

A veces me da por pensar que tal vez sea más músico frustrado que escritor.

 

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